El aprendiz quiso compartir su poco conocimiento con sus semejantes y los que venían después que él. Dejó un rato la espada y tomó piedra pluma y papiro. La enseñanza relució como un don mayor de él y los jóvenes de tierras distantes se acercaron para tomar sus lecciones. Encandenaron contactos y le agradecieron con palabra y oro.
Sucedió que uno de sus alumnos más devotos le pidió que apoyara a una joven princesa que no había encontrado quien le aclarara lo que los sabios de su tierra intentaban enseñarle. El aprendiz de héroe no dejaría persona indefensa y aceptó instruirla.
El aprendiz vio la fermosura en ella y quiso conocer si en su situación habría oportunidad de conocerla fuera del aula. En la clase de ciencia que le impartió, el aprendiz siempre buscaba aprender un poco de ella. Así se enteró que un joven pretendía a la princesa pero ella no le permitía entrada. El aprendiz ahondó en el tema y ella sacó a la luz que le parecía compatible el joven; así que el aprendiz desistió de su esfuerzo.
Impulsado por el deber heroico el aprendiz decidió dar un empujón a la princesa. Le dijo a ella que si veía que podría haber oportunidad con su pretendiente era mejor que se aventurara a experimentar la relación pues solo así ella sabría si era buena idea y no tendría el conocido arrepentimiento de los que no se arriesgan. Ella aceptó los argumentos y poco tiempo después se juntó con el joven que la pretendía para ver a dónde fluiría la relación.
No tomó la piedra brillante que corría en el cauce sino que desbloqueó el flujo de adelante. Los espíritus de los predecesores lo saludaron y lloraron por él. Él no se envolvió por tristeza sino por su orgullo al saber que había obrado como le enseñaron los héroes del pasado. El aprendiz de héroe miró al cielo y su máscara le cubrió el rostro al sentir su sacrificio.
martes, 17 de enero de 2017
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