jueves, 23 de noviembre de 2017

La joya se atoró en brea y el aprendiz la rescató

Después de ir por aventuras a tierras lejanas el aprendiz vio la imágenes de bellas chicas por todos los rincones de toda la ciudad. Después de tiempo moderado en que el exploró los rincones más cercanos no encontró destello alguno que le hiciera voltear y sentir energizarse. Hasta que volvió a su tierra en sus regulares

El aprendiz vio un pequeño brillo en el río y al dar unos paso se apagó. Avanzó un poco más y el brillo apareció más tenue y volvió a apagarse. La duda le encaminó a acercarse y siguió viendo la intermitencia de la pequeña luz que mostraba fluctuaciones de intensidad.

Cerca de la orilla notó que en el lugar titilador había un cúmulo de brea atorado entre las piedras. Un destello más fuerte como una señal de auxilio le deslumbró y la máscara le cubrió para que actuara.

Decidió no ponerse su guante pues no quiso dejar pasar más tiempo y brillos así ya se le habían escapado. Sacó la brea, la arrancó a pedazos y fue puliendo con sus dedos aquellas grandes machas que se habían hecho costra. No le importó lo negro que se pondrían sus uñas. Al quitar la última mancha grande, la joya azul volvió a brillar con intensidad. La joya saltó y deslumbró alrededor fuertemente en el aire antes de convertirse en la pequeña princesa guerrera que años atrás recibió la enseñanza del aprendiz.

Él la ayudó a brillar una vez más pero el rostro de la señorita era intermitente como la luz que desprendía en su trascendente forma. Ella mostró una linda sonrisa y después mostró su triste expresión. El aprendiz le tendió su mano, ella le tomó la suya y comenzaron a caminar juntos. En ese momento la sonrisa se quedó y el aprendiz volvió a cautivarse con ella. La máscara volvió a guardarse al recibir esta energía y composición tan alegre.

martes, 17 de enero de 2017

Una joya que dejé ir en el río

El aprendiz quiso compartir su poco conocimiento con sus semejantes y los que venían después que él. Dejó un rato la espada y tomó piedra pluma y papiro. La enseñanza relució como un don mayor de él y los jóvenes de tierras distantes se acercaron para tomar sus lecciones. Encandenaron contactos y le agradecieron con palabra y oro.

Sucedió que uno de sus alumnos más devotos le pidió que apoyara a una joven princesa que no había encontrado quien le aclarara lo que los sabios de su tierra intentaban enseñarle. El aprendiz de héroe no dejaría persona indefensa y aceptó instruirla.

El aprendiz vio la fermosura en ella y quiso conocer si en su situación habría oportunidad de conocerla fuera del aula. En la clase de ciencia que le impartió, el aprendiz siempre buscaba aprender un poco de ella. Así se enteró que un joven pretendía a la princesa pero ella no le permitía entrada. El aprendiz ahondó en el tema y ella sacó a la luz que le parecía compatible el joven; así que el aprendiz desistió de su esfuerzo.

Impulsado por el deber heroico el aprendiz decidió dar un empujón a la princesa. Le dijo a ella que si veía que podría haber oportunidad con su pretendiente era mejor que se aventurara a experimentar la relación pues solo así ella sabría si era buena idea y no tendría el conocido arrepentimiento de los que no se arriesgan. Ella aceptó los argumentos y poco tiempo después se juntó con el joven que la pretendía para ver a dónde fluiría la relación.

No tomó la piedra brillante que corría en el cauce sino que desbloqueó el flujo de adelante. Los espíritus de los predecesores lo saludaron y lloraron por él. Él no se envolvió por tristeza sino por su orgullo al saber que había obrado como le enseñaron los héroes del pasado. El aprendiz de héroe miró al cielo y su máscara le cubrió el rostro al sentir su sacrificio.